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Everybody loves a sour kid —Frankie.

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Everybody loves a sour kid —Frankie.

Mensaje por P. Jason Quill el Lun Ago 03, 2015 2:22 am

Caminaba por los pasillos del instituto, completamente ensimismado y algo aburrido. Habían comenzado las clases, y si odiara pasar el tiempo estudiando y practicando con sus poderes habría dicho que suerte. Pero no era así. Tenía la necesidad de estar con gente, de hablar, socializar. Y los demás, en el minuto que terminaron, se habían dispersado para llevar a cabo cualquier plan que hubiesen planificado. Por lo que ahí estaba, tremendamente hastiado de recorrer y pisar aquellos pisos sin un rumbo fijo. ¿Metas? ¿Objetivos? Encontrar algo que hacer.

Ésto es imposible —murmuró para si mismo, levantando las manos en resignación. —Quizás, si no me metiera en los pasillos donde no hay ni una sola alm... —las quejas se habían detenido. Había dejado de hablar sólo, para mirar y curiosear dentro de la enfermería. No sólo aquel sector, sino quién estaba dentro. Una cabellera pelirroja, unos ojos vivaces, aquella mirada que parecía atravesarte. ¡Já! ¿Quien hubiera creído que Francesa Costello terminaría en la enfermaría? Oh no, cualquiera podía lastimarse. Era bastante común, especialmente cuando uno ejercitaba con sus respectivos dones, o con otros. Pero ahí estaba el truco, aquel asunto que era un punto de discusión bastante regular: Frankie no era de usar sus poderes. De hecho, los detestaba. No sabía el porqué, ni cómo, pero aquella muchacha de cabellos colorados se resignaba a ocultar aquello de lo que más debería sentirse orgullosa. O al menos eso se dictaba. ¿Rumores? Varios. ¿Suposiciones? A montones. Aquella oji-verde era un enigma. Y quizás... quizás había encontrado el entretenimiento de la tarde. Aunque se arriesgaba a que fuera pateado o la pelirroja lo sacara volando por la ventana.

Miró hacia los dos costados del pasillo, y sin esperar mucho más, pechó la puerta y se adentró a la sala. Observó con atención: Un mostrador vacío al costado, donde debería estar la enfermera. El lugar tenía forma de 'L' por lo que al mirar hacia la derecha, varias camillas se repartían llenando el lugar. En la primera, y dónde había divisado a Frankie.

Ejem —se hizo notar, aclarándose la garganta. La muchacha alzó el rostro y un atisbo de reconocimiento -e irritación- cruzó por su mirada. No la culpaba. Habían tenido algunas cruzadas y enfrentamientos. Cortos, pero notorios. Jason no era exactamente un chico que pasara desapercibido, especialmente con su sarcasmo y sus oraciones llenas de ironía. Y ella tenía un carácter sólido y una honestidad casi cruda, por lo que se deben imaginar como chocaban. —Así que... Al fin utilizaste tus poderes, ¿No? —murmuró, apoyándose contra el mostrador. No podía notar dónde estaba aquella herida, o quizás solamente se había tropezado. Oh, ¿Y si hubiera sido un accidente común y corriente? Oh Dios... ¿Y si había ido porque estaba en su periodo? Jason podía sentir como se sonrojaba levemente al pensar en que, si le daba explicaciones, tendría que evadir el tema de asuntos femeninos. Pero ya había hecho la pregunta, y solo hacía falta que la contestara. Sin embargo, se sentía algo incómodo y fuera de lugar gracias a las suposiciones bizarras que se había formulado con anterioridad. Miró hacia un costado y divisó un pequeño jarrón de cristal, con varias curitas. Revolvió torpemente aquell envase y sacó una, extendiéndola hacia ella, tratando de calmarse. —Toma, una bandita de... —miró con confusión los dibujos ilustrativos de adorno sobre ella. —¿Gatitos? genial.
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Re: Everybody loves a sour kid —Frankie.

Mensaje por Frankie L. Costello el Lun Ago 03, 2015 7:04 am

No había otra cosa que Francesca odiara más que el olor a limpio de los hospitales y, para su mala suerte, la enfermería de Chambord usaba aquella fragancia, lo que la hizo preguntarse sobre la colonia de la bonita enfermera que había desaparecido después de haberla llenado de vendas y obligado a hacer reposo. Como todas las veces que le mandan a hacer algo que ella no quiere, la pelirroja se quejó, excusándose con que tenía que estudiar para un examen. No tenía deberes en realidad, pero tampoco quería pasar aquel día en la enfermería, por más lastimada que estaba.

Sin embargo, la bonita enfermera no se veía tan bonita cuando se enojaba, así que, con una revista de modas que ni siquiera tenía interés en leer y el orgullo tragado, arrugó la nariz y se dejó caer con mucho cuidado justo en el medio de la cama, evaluando la calidad del colchón que parecía ser un bloque de cemento. No se equivocaba, era el colchón más duro en el que se había recostado a lo largo de su vida. Muy en el fondo, Frankie sabía que no era así, pero quería quejarse de otra cosa que no fuera el dolor, creyendo que de esa manera, se olvidaría de él.

Con el irritante sonido de las agujas del reloj en su cabeza, los minutos fueron pasando lentamente, haciéndole pensar en millones de cosas a la vez pero nada en especial. Contó las cortinas de las grandes ventanas que dejaban entrar la luz solar a la gran habitación, tarareó una canción de The Smiths jugando con sus dedos y estuvo a punto de ponerse a imaginar ovejas cuando decidió que el reposo podría hacerlo en su habitación. Además, todavía tenía que arreglar el desastre que el pequeño remolino de aire había hecho.

Aunque claro, se distrajo tanto que se había olvidado por completo de las heridas. Al séptimo intento de levantarse de la cama en lo que llevaba de la tarde, de mala gana y murmurando algo inapropiado, Frankie se rindió. Algo poco frecuente en ella, ya que no había persona más testaruda, pero aparentemente, los dolores que sentía cada vez que trataba de moverse eran más fuertes que sus ganas de desobedecer a la enfermera.

Y se arrepintió terriblemente de no haberla desobedecido al momento en el que sus ojos verdes se cruzaron con unos de color café.

A pesar de querer ignorar al muchacho, hizo el esfuerzo de sentarse en la cama y alzó bien la vista para observarlo con atención, notando que su cabello estaba más desordenado de lo normal. Amagó una pequeña sonrisa y quiso rodar los ojos, pero se contuvo. El nombre de Frankie no daba mucho de qué hablar, por lo que sorprendió a lo rápido que había corrido el rumor. Al ver la bandita de gatitos, otra vez, sus labios formaron una pequeña sonrisa, pero se fue tan rápido como había venido.

Inconscientemente, se tocó el codo del brazo izquierdo y recordó el raspón que se hizo con uno de sus muebles voladores. —¿Un "Buenas tardes, Francesca, ¿cómo estás hoy?" era demasiado difícil como para comenzar una conversación o siempre fuiste así de mal educado? —inquirió, achinando los ojos y observando mejor a Jason. No era como si en serio le importara si el chico era educado o no, pero quería evitar su pregunta a toda costa. De todas formas, no tenía por qué darle explicaciones —. Pero gracias, supongo —murmuró por lo bajo, estirando el brazo para alcanzar la bandita. Sin mucho cuidado, se la pegó en el codo y trató de reprimir el gemido que salió de sus labios, sin éxito. Negó con la cabeza, frustrada del dolor —. No deberías estar aquí, Jason, la enfermera volverá en cualquier momento y además... ¿El horario de clase ya terminó o te escapaste otra vez? —enarcó una ceja divertida.
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